lunes, 6 de octubre de 2008

La disculpa


Un joven camina de un extremo a otro con mucho nerviosismo. Se rasca la cabeza y la sacude de un lado a otro muy pensativo.

-: Cómo, ¡cómo le digo! Me va a matar. Con la cara que tiene... esa mirada que parece decir “¡FUERA DE MI VISTA!” aún antes de abrir su boca. (da un salto como si se le hubiera ocurrido una gran idea y sonríe) ¿Y si le escribo una carta? (su sonrisa se desvanece con gesto de desilusión) ¡No, tengo que hablarle frente a frente!, ¡como un verdadero hombre!, ¡con valentía!... pero... ¿qué le digo?

Con un gesto de desesperación reanuda su marcha de un lado a otro. De pronto se detiene bruscamente y mira hacia el frente, como si le hablara a alguien que está delante suyo.

-: Buen día, señor Gutman (extiende su mano como saludando a alguien) Yo sé que su apellido significa “hombre bueno”, así que seguro debe serlo de verdad, y como es tan bueno, supongo que sabrá comprender mis actitudes y me va a perdonar. (se rasca los brazos y mira hacia el piso) Las cosas que hago, nos las hago por maldad, señor Gutman. Pasa que me sale la ira de adentro. (levanta nuevamente la mirada) Todo comenzó cuando yo le dije a su hija: “Te amo, Flor”, y ella me contestó muy despectivamente: “No me jodas, tarado”. Y se fue, y yo me quedé ahí, parado, como si de verdad fuera un tarado. De repente, sin pensarlo, saqué una moneda de mi bolsillo y de la rabia, rayé con ella el techo de un auto que estaba estacionado junto al cordón de la vereda.
(se retuerce como signo de vergüenza) No le voy a chamuyar. Yo sabía muy bien que ese auto era el suyo, señor Gutman. ¡Qué quiere que le haga!, me dejé llevar por el impulso. Pasa que su hija tiene los ojos negros más hermosos del barrio y quedé como embrujado cuando la vi por primera vez.
Le juro que yo soy capaz de hacer cualquier cosa por Flor, pero lo que yo siento no es correspondido.
Hace unos días la llamé por teléfono a Flor. La invité a sentarnos en el balcón de mi casa a tomar tereré y mirar la luna y las estrellas, pero ella me dijo re forra: “¿Mirar la luna y las estrellas?, ¡qué idiotez!, yo a la noche miro Patinando por un Sueño.” Entonces, yo me descontrolé por completo y fui corriendo hasta su casa, señor Gutman... y sí, fui yo el que tiró esa piedra que rompió el vidrio espejado de su ventana.
Asumo mi culpa, señor Gutman. Pero le aseguro que no soy un tipo violento, para nada. Pero es que su hija, tiene el dulce aroma de las flores, un aroma que me ciega, que me enloquece. Por eso, ¿cómo no me voy a poner como loco, cuando la vi la otra tarde en la heladería, tomando un helado con Santiago Monfardi, mirándose los ojos como dos bobos? Fue entonces cuando fui hasta su casa y le llené el picaporte de la puerta con Poximix.
Ya sé que mi forma de actuar deja mucho que desear. Ya sé que voy contra las normas y las buenas costumbres. También sé que así nunca voy a conseguir que Flor me ame como yo a ella. (mira a lo lejos con cara de éxtasis, como si volara con su mente) ¡Ay, Flor! Tiene las voz de los más bellos canarios.
(vuelve en sí y su expresión se vuelve de enojo) No se imagina lo que sentí cuando nos encontramos en la verdulería la otra vez. Yo volví a decirle que la amo, y ella, con esa voz de canario que sueño cada noche, me dijo: “Saldría con vos, si tuvieras la cara de Santiago Monfardi”. Me sentí tan mal, tan ofendido, que agarré un tomate duro y se lo tiré al primero que pasaba por la calle. Y ese que pasaba, era justamente usted, señor Gutman. (se arrodilla suplicante) ¡Perdóneme, por favor! Créame que no soy malo, es más, siempre fui el mejor de la clase, un ejemplo de conducta.
Ahora no sé qué es lo que me pasa, es como si no fuera yo.
Usted debe saber de estas cosas, seguramente estuvo enamorado muchas veces. Pero... dígame, ¿estuvo tan loco como yo?
Porque eso es lo que me pasa a mí, estoy loco de amor por su hija, y ella ni se da por enterada, no me da ni la hora. Ya se habrá dado cuenta usted que un neumático de su auto está desinflado. ¡Yo lo hice!, lo confieso, porque hoy Flor me sacó la lengua y me hizo fakiu.
No sé cómo disculparme, señor Gutman.
Tolo lo que hice, fue por amor.
(se queda en silencio unos segundos mirando hacia el piso, luego mira hacia delante y sonríe) Señor Gutman, ¿no me hace gancho con su hija? Dele, deje de lado el rencor, ¿sí?. Piénselo, señor Gutman, y después me dice.
Hasta luego (se da media vuelta y se va, se detiene bruscamente y vuelve) Ah, y mándele un beso de mi parte (sale corriendo. Apagón)

ADAPTACIÓN DEL CUENTO “ESCÚCHEME, SEÑOR GUTMAN”, DE DAVID WAPNER.

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